Mi carrera como escritor. Or so I hope.

22 mayo, 2012

Teaser Trailer

El siguiente espacio fue cedido gratuitamente por UnCowboyActual a la Academia Nacional de Cine y Artes Lectovisuales.


Que pasaría… si una mente, comenzara a ver historias…
-“Esa hoja en el suelo, viajo pegada en el zapato del Señor Cáceres por cuatro cuadras, mientras él se dirigía…”

… y más historias…
-“…sin saber que su bisabuelo había plantado el arbol de donde había…”


Que pasaría… si las historias, fueran demasiadas…
-¡AHG! ¡¡¡TENGO QUE ESCRIBIRLAS!!!
                                    -Dios mio, ¡acaba de arrancarse un dedo!
            -Creo que voy a vomitar…
                        -¡Escribe con su sangre! ¡Esta escribiendo algo…!
                                               -Mami, ¡mami!, tengo miedo


… si el presente, ya no fuera suficiente
“…y él, a mitad de camino entre el mono y el hombre, vio la rama ser partida por el rayo, y descubrió el poder…”


… su viaje lo llevará más allá de lo imaginable
“La energia se disparó, en una explosión creadora simplemente irresistible…”

Que pasaría… si el origen de todo… fuera…

UNA MENTE IMPARABLE.


Una Mente Imparable. Pronto, en las mejores pantallas.


17 abril, 2012

Under Attack

Comprobé mi arma, y me quedaban cinco balas, de un cargador de veinte. Mi puntería no había mejorado demasiado, sin importar cuánto hubiese disparado en las últimas 48 horas. Si se tenía en cuenta que tres días atrás nunca había usado un arma, creo que era bastante perdonable.
Tres días desde que la Capital había volado en pedazos, matando a todos los que estaban ahí. A todos. A mi familia entera. A todos.
A todos menos a Pablo, mi hermano por elección. Todavía quedábamos nosotros dos. Y de alguna forma nos habíamos encontrado con su ex (Maca), y con el actual de su ex. Un hermoso grupo.
Tan solo teníamos que llegar a la base que estaba en Salta. Unos kilómetros más. Solo unos kilómetros más. Y habíamos logrado parar otra ola de esos bichos de mierda.
Respiré profundo. Y otra vez. A mi derecha, la vi a ella, abrazándose con su muñeco de torta. Estaban bien los dos, al parecer.
Adelante mío estaba la camioneta en la que habíamos estado viajando, y que nos había servido de trinchera. No sé con qué le habían dado, pero el capot y el motor se habían derretido. Si, derretido. Eso nos dejaba solo la moto que llevábamos en la parte de atrás.
Miré hacia el otro costado, y entonces lo vi. Caí sobre mis rodillas, a su lado.
-­­­­¡¿Estás bien?! -  sacudí a mi mejor amigo, que estaba tirado boca abajo. Lo di vuelta – ¿Pablo, contestame, estás bien?
Abrió los ojos, y me sonrió apenas.
-Estoy bárbaro, linda -Mientras me hablaba, miré como estaba. Si quedaba alguna duda respecto a su ironía, los tres agujeros que tenía en el pecho la eliminaban rápido. Le habían dado desde la derecha. Hacia el lado donde había estado yo. No lo había cubierto bien. Le habían dado por mi culpa. Por ser tan idiota, por no poder…
Siguió hablando, casi en susurros, y tuve que cortar esa ola de pensamientos y culpa que me invadía. No había tiempo para eso.
-Javi, tenés que salvarla. Llevala hasta la base. Salvala. -me hablaba con esfuerzo, intentando enfocar la mirada y sin lograrlo
-No seas boludo, cállate. Si te subo a la moto llegamos. Estás perdiendo sangre nomás, pero en la base tiene que haber médicos. Te van a--
Me agarró del brazo, apenas tocándome. Pero yo entendía que estaba aferrándose a mí.
-No. Sabes que a pie están al horno. En la moto Javi. Llevala. Salvala. Por mí.
-Sos un hijo de puta. Sos una basura hijo de remil puta -lo miraba a la cara, casi con odio, con lagrimas en los ojos. Lo perdía. Me pedía que lo dejara ahí. Sabía que no se lo podía negar. Me sonrió de nuevo. Y cerró los ojos.
Cerré mi puño, y me preparé para golpear el piso, como si el piso fuera la fuerza que me había arrebatado todo, mi familia, mis amigos, y ahora a mi último compañero. Pero no. No podía. Eso hubiese podido lastimar mi mano, y esa no era una opción.
Grité. Miré al cielo y grité. A ese cielo de mierda, que brillaba celeste como si no le importara que todo se estuviese destruyendo a su alrededor, como si la vida continuase para el mundo.
Me paré, y vi que tenía al lado mío a Maca y al Capitán Piluso. Ella estaba llorando, y él la abrazaba, como si eso sirviera de algo. Quería escupirlo, pegarle y arrancarle la cabeza. Mi amigo tendría que haber estado ahí, abrazándola. Y los tres a salvo, en la base… Y tomando té con la reina de Inglaterra, para lo que valían los deseos.
Me puse el arma de Pablo dentro del pantalón, y bajé la moto de la camioneta. La parejita me miró, y él me dijo:
-Nosotros vamos a seguir caminando. Está bien si te llevas la moto. Entendemos.
Obviamente, no entendían nada. Ir caminando era un suicidio. Pero yo no tenía ganas de ponerme a explicar. Mi voz sonó ronca, cascada:
-No, vos vas caminando. Ella sube conmigo, y nos vamos ahora mismo. Maca, subí.
¿Un poco ingenuo por mi parte? No, simplemente estaba agotado. No quería razonar con nadie. Todavía veía el pecho de Pablo moviéndose. No se iba a morir hasta que cumpliera mi palabra, estaba seguro. Y sabía que no había tiempo para ceremonias ni esperas.
Maca me miró con bastante asco, y no se movió. Yo arranqué la moto.
-Maca. Arriba -suspiré, sin ganas de hablar- El que vaya caminando, está muerto. Ya tiene que estar viniendo otra partida de bichos. En la moto tenemos chances -Le hablaba a él, no a ella. Yo ya estaba arriba de la moto. Esperaba que él entendiera. Entendió.
-Tiene razón Maca. Andá con él. Soy el mejor disparando, el que más chances tiene de llegar por su cuenta. Mi amor, tenés que ir con él.
Ahora ella me habló a mí, y en su mirada había un odió que jamás había sentido. Si no hubiese estado cubierto de barro y sangre, si mi amigo no hubiera estado agonizando al lado mío, si el mundo no se hubiese vuelto un infierno, habría tenido miedo de esa mirada. En cambio, solo me llamó la atención, mientras la escuchaba:
-Sobre mi cadáver me voy a subir con vos a esa moto. No me voy a separar de él.
Exhale con cansancio. Levante mi arma. Le apunté. Disparé.
Escuché el grito.
Incluso yo puedo darle a alguien en el hombro a dos metros de distancia.
Él había caído, por la fuerza del impacto o por la sorpresa, vaya uno a saber. Ella ya estaba arrodillada a su lado. Ninguno de los dos intento dispararme. Quizás quedaba alguna decencia que salvar en la humanidad. Por suerte a mi no me quedaban escrúpulos como para preocuparme por eso.
-Maca, subí a la moto, o te voy a llevar sobre su cadáver -ahora le apuntaba a la cabeza.
Ella lo miró a los ojos, buscando una respuesta o una solución, vaya uno a saber.
-Todavía tiene chances de salvarse. Puede llegar a hacerlo. Tiene su brazo derecho para disparar. Pero si no te subís ahora mismo…
Él asintió con la cabeza, no sé si para que yo me callase o para que ella me hiciera caso. Pero Maca lo aceptó. Sin mirarme siquiera, caminó hasta la moto, y subió detrás de mí.
Ya llegaban los primeros sonidos, como el ruido que hace un gusano gordo al ser aplastado. Ese sonido que habíamos aprendido a detestar, ya que significaba otra ola de ataque.
Aceleré la moto, confiando en poder llegar hasta la base, y salvar a Maca. Cumplir con lo prometido a mi amigo.
Sabiendo que, para él, ese era el final.

16 abril, 2012

Good companies

De modo que estando en casa, tenía que ponerme a cocinarme algo y lavar los platos. Lavar los platos, cuando uno está solo, puede ser… bueno, una tarea solitaria. De modo que decidí invitar a alguien a acompañarme. No tenía a nadie en mente, así que me puse a revisar mi lista de contactos.
Medio por descarte debo admitir, y luego de escuchar un poco de lo que tenía para decir, me decidí por Amy.
Primero me cantó algunos temas que ya conocía, los que la radio me había presentado. Pero después se puso más interesante. O al menos me sorprendió más. Quizás ya lo había escuchado antes, pero no le había prestado atención (tengo la capacidad de ignorar por completo la música… o al menos todo lo que no es cumbia. Maldición).
Así que la Srta. Winehouse tiene más para ofrecer que lo que las emisoras nos muestran.
Un placer de compañía. E, incluso, creo que un par de sus canciones podrían ser excelentes lentos para bailar, si la gente aún bailara lentos. Tendré que recordarlo cuando tenga alguna dama como invitada y mis intenciones no sean muy nobles.
Realmente, un gusto Amy. Lamento que hayas dejado la fiesta antes de que nos conociéramos.

22 marzo, 2012

Cisne Blanco

El rio corrió, teñido de rojo, manchado en su sangre. Sangre que ya no correría.
Una nueva estrella destelló en lo negro del firmamento, por un instante, haciendo que todo fuese olvidado.
Y lagrimas se derramaron, ardientes como el whisky. Lagrimas reales y lagrimas ficticias. Pero jamás falsas.
La tierra siguió girando, pero no del mismo modo.
Giró con gracia. Como una bailarina.

08 agosto, 2011

En The Big Tail

El Fraile Augusto Dionisio Boll nunca viajaba en avión. Aseguraba que temía a los demonios del aire. Que él mismo había obligado a demasiados a quedarse allí. La realidad es que no le gustaba volar.

De modo que en vez de tardar unas horas, menos de un día, yendo en avión, tomó el largo camino en barco que lo condujo cruzando el océano hasta el otro continente. Luego paso un día viajando en tren, recorriendo un país que ni siquiera era su destino. Y aún más de doce horas por una ruta maltrecha, cruzando la frontera, hasta finalmente llegar al pueblo donde requerían sus servicios.

No le habían dicho exactamente cuál sería su tarea. El Fraile nunca permitía que lo hicieran. Aseguraba que la verdad solo puede ser encontrada por cada uno. Que él mismo pasaba su vida descubriendo verdades. En realidad, se divertía con las sorpresas.

Ya era pasado el mediodía cuando entró a ese sitio perdido en medio de la nada, el pequeño pueblito llamado The Big Tail. Le gustó la ironía del nombre. Si el Señor, alabado fuese en su gloria, evidentemente disfrutaba tanto con la ironía, no veía porque no hacerlo él mismo.
Le llamo la atención que no hubiese nadie para recibirlo. No es que le importara, pero si era lo usual. Generalmente un viejo cura, que rengueaba hasta alcanzarlo, gritando que Satanás estaba entre sus casas, que el Diablo invadía las puras almas de las vírgenes, o alguna otra forma similar de Gran Terror Bíblico Cuasi Apocalíptico.
El Fraile decidió aprovechar la falta de bienvenida para buscar un hotel donde hospedarse y dormir una siesta antes de comenzar con su trabajo, fuera el que fuese. Le habían indicado que la misma ruta por la que llegó se convertía en la avenida principal del lugar, de modo que siguió ese camino.
Y siguió por ese camino unas seis o siete cuadras, hasta que renació la ruta. Eso era todo. Seis o siete cuadras eran la calle central de The Big Tail. Volvió sobre sus pasos, pensando que al menos tendría que andar poco, lo que era para agradecer, teniendo en cuenta su para nada modesta barriga.
Al recorrer otra vez esas calles, se preguntó nuevamente como en un lugar tan pequeño, podían darse tantos accidentes automovilísticos. No es que hubiese muchos vehículos, pero los cinco ó seis que vio parecían tener marcas de grandes choques, e incluso en una calle transversal vio dos autos que parecían haber sido dejados sin darles mayor importancia luego de colisionar a gran velocidad. Pensó que El Demonio se muestra de las maneras más inverosímiles, intentando confundirnos. Le gustaba pensar frases que sonaran impresionantes. Era parte de su trabajo usarlas.
Llamó a la puerta de una casa apenas más grande que el resto, que tenía sobre una ventana un cartel de “Hay Abitacion”. Golpeó un par de veces más pero como nadie contestó, abrió la puerta y se invitó a entrar, temiendo que el sol terminara rostizándolo si seguía aguardando.


Algunas horas más tarde, lo despertó una señora de aspecto tan macilento como el pueblo y la casa. El se levanto del sillón donde había caído dormido, y se arreglo un poco la sotana, mientras la vieja le acercaba un pocillo de té.
– ¿Se va a hospedar aquí, Padre? ¿Tiene algún familiar en el pueblo? Ya nadie viene por aquí, ni siquiera familiares. Pero siempre damos la bienvenida a la gente nueva. ¿Quiere algo de comer? ¿Más té?
El Fraile rechazo la tetera con un gesto. Apenas había podido tragar el té que ya le había sido servido. Además, él estaba en una Misión Sagrada.
– Mi humilde señora, el Sumo Pontífice en persona me ha encomendado venir aquí en el menor tiempo que La Providencia me permitiese. –el Fraile, aprovechando el primer respiro de la señora desde que empezara a hablar, comenzó su discurso habitual. – Vengo a acallar a los demonios que se atreven a azotar la paz de los siervos del Señor. Vengo a hacer rehuir a las diabólicas fuerzas de Lucifer…
El Fraile Augusto Dionisio Boll, enviado especial del Papa, exorcista de Primer Orden, capaz de mirar a los ojos del Diablo sin pestañar (durante 5 minutos en una ocasión, según él afirmaba) y cuyas palabras eran capaces de apagar las llamas del Infierno como un extintor multi-clase, se interrumpió al notar que su anfitriona no le prestaba atención. Parecía demasiado concentrada en quitar una pelusa de su floreada y recatada falda.
– Mientras usted dormía puse su bolso en la habitación del fondo. Si vuelve para las ocho, la cena estará lista.
Sintiéndose exorcizado de la casa, el Fraile notó como la vieja lo condujo hasta la calle, sin atinar a decir nada más. En toda su experiencia en el rubro, jamás le había pasado algo así. Y tenía 42 años haciendo lo suyo. Muchas veces las personas habían caído a sus pies, besándoselos, llorando de alivio. No es que él esperara tanto, un leve gesto de asombro hubiese bastado. Quizás una persignación. Pero no, simplemente había sido ignorado.
Hizo lo único que cabía en una situación así. Rió a carcajadas, y comenzó a caminar haciéndolo aún. Siempre le caían bien las sorpresas. O casi siempre.


Ya había pasado la hora de la siesta, y había algo más de actividad en las calles. O todo lo parecido que pudiese haber a la actividad en un lugar donde prácticamente todas las familias se conocían unas a otras.
El Fraile detuvo a un niño que pasaba corriendo a su lado y le preguntó dónde estaba la iglesia de The Big Tail. Por como estaba vestido, el chiquillo debía estar jugando a los piratas o algo así, y como toda persona en esa situación, no parecía contento de ser interrumpido. Pero tras ver la sotana, indicó la calle por la que debía seguirse para llegar a la versión local de la casa de Dios. Un par de pasos después, el Fraile se extrañó al ver que el pequeño era alcanzado por otro compañero de juego, quien le daba una estocada con una espada que no tenía nada de juguete. Que no parecía tener nada de juguete, se corrigió mentalmente el Fraile.


La iglesia de The Big Tail era apenas más grande que la casa de hospedaje. Y siendo que la única habitación que esta tenía para huéspedes estaba ahora a nombre de Augusto Dionisio Boll, eso era mucho decir. O poco decir, en cierto modo.
El Padre Ramos y el Fraile Boll estaban sentados en una mesita en lo que hacía las veces de sala de archivo, depósito y recamara privada del Padre. Estaban tomando un café. Ambos lo tomaban negro. Y aún así, no parecía amargo comparado con la expresión del eclesiástico local.
– Si, su Ilustrísima, sabía de su pronto arribo. Aunque pensamos que eso sería antes de cumplidas las 3 semanas de recibir la carta anunciando su visita. – el cura mostro una sonrisa de dientes perfectos, pero sin un asomo de gracia.
Definitivamente algo andaba mal con la gente local. Casi siempre quien requería su presencia era un cura. Cuando no era así, era alguien a quien el cura había encomendado mandarlo a llamar. No tenía sentido ser tratado así. ¿Acaso era un caso de posesión colectiva? Nunca había tratado con posesos sin reconocerlos, no en los últimos 30 años, cuando había sido ascendido a la Primer Orden. Y definitivamente no quería aceptar la idea de que todo el pueblo estuviese poseído. Eso implicaría días y días de trabajo, y retrasaría las vacaciones que Su Santidad le había prometido bajo el sol del Caribe.
– Creo que debe haber un malentendido. Padre, permítame explicarle: el Sumo Pontífice en persona me ha encomendado venir aquí en el menor tiempo que La Providencia me permitiese. Vengo a acallar… – el Fraile se interrumpió al ver la cara de hastío del joven cura – Mire, si me enviaron aquí, es porque hay un trabajo que hacer. Alguna manifestación del mal, algún fuego fatuo recurrente, incluso puede que me enviaran por error, para certificar un milagro. Ya ha pasado antes. Son cosas de la burocracia divina.
– Pues no, nada ha ocurrido. Este es un pueblo tranquilo, donde nada pasa. Lamento que perdiera su tiempo viniendo hasta aquí, pero no hay nada que pueda hacer para ayudarnos. No hay nada en que ayudar. Pero no se preocupe, mañana mismo a primera hora acordaré con algún buen samaritano para que lo lleve hasta el aeropuerto de la provincia.
Si el Fraile necesitaba algo para colmar su paciencia, era eso. Ya había perdido el tiempo antes por errores. También había sido llamado a pueblos desconocidos que intentaban aumentar el turismo a base de falsas intervenciones demoníacas. Pero que pretendieran hacerlo subir a uno de esos aberrantes armatostes voladores iba más allá de su límite. Acomodo toda su persona sobre la silla, disponiéndose a hablar. Además, la silla no tenía respaldo. Eso no ayudaba a su humor. Le molestaba estar erguido.
– Mire jovencito, no sé qué es lo que se traen en este lugar entre manos, pero no crea que va a quedar así. Hablaré con las autoridades eclesiásticas, y haré que lo manden a llamar por esta grave impertinencia. Haré enviar aquí a alguien con la edad suficiente para hacerse verdaderamente cargo de los feligreses de este pueblo, y usted será transferido a otra iglesia… – El Fraile se detuvo en su discurso. No es que realmente pensara tomarse todo ese trabajo, tan solo quería asustar un poco al cura.
Pero la cara del Padre Ramos se había transformado en una expresión de terror digna de la aparición del Manda Más del Averno. El cura se apuró a hablar, intentando evitar tartamudear.
– Bueno, no, no, tampoco es necesario llegar a esos extremos. Creo que no hace falta que se tomen medidas tan drásticas.
– Entonces comience por decirme qué diantres ocurre en este pueblo.
– Bueno, verá. No es la gran cosa. Nada que amerite su presencia, simplemente.
El Fraile hizo un gesto para que el cura dejará de dar largas al asunto. El mismo gesto había enviado demonios menores de vuelta al Infierno. Básicamente era levantar un poco una ceja, y alzar la comisura de sus labios, mostrando los dientes. Su gran nariz y dientes amarillos ayudaban bastante.
– Si. Bien. Lo que ocurre es que hace unos meses, se nos acabó el cementerio. No tenemos más tierra donde enterrar a nuestros muertos. Y nadie ha querido donar nuevo territorio. Solo es eso. Una nadería, ya ve.
– Oh, ya veo. Solo eso. Bueno, ha ocurrido antes. Tiene razón, no es gran cosa. – el Fraile rebusco en su sotana – Esta bien, tengo mi chequera conmigo, no es mi área, pero en casos excepcionales el Vaticano acepta estas erogaciones. Tan solo tienen que intentar no comentarlo, y la escritura del terreno que consigamos se hará a nombre de… – Otra vez, el Fraile se vio interrumpido por el cura. Parecía estar haciéndose costumbre. Quizás la edad le estaba quitando autoridad. O quizás los 10 kilos que había engordado en el último año.
– ¡No! No, no, no. No. No, no podríamos aceptar eso. No es tan importante, realmente no es nada… – El Fraile solo necesito alzar apenas su labio. Tenía un incisivo muy puntiagudo. Le gustaba eso de él mismo. Resultaba efectivo. – Bueno, verá. Su Ilustrísima, lo que ocurre, es que desde que se acabó el cementerio, nadie ha muerto.
– Bueno, pero eventualmente alguien lo hará. La dueña del lugar donde me hospedo no parece poder aguantar mucho más, unos meses diría, como mucho un año…
– Es que no comprende. Muchos han debido morir. Solo que no ocurre. Las enfermedades llegan a su punto máximo, los accidentes ocurren, incluso alguna pelea se torna muy violenta… Pero la muerte no llega.
– ¿Ni un poco? – Preguntó el Fraile, intentando acomodar sus ideas.
– Nada. No hay muertes. Las heridas se curan, las enfermedades se van. Simplemente, todos siguen viviendo. Yo mismo caí del campanario hace una semana, y aterrice de cabeza en el piso.
El cura se giró para mostrar una cicatriz que apenas se notaba entre el pelo, algunos centímetros sobre su nuca. El Fraile había visto cosas parecidas. Se había enfrentado a muertos vivientes, los famosos zombies, en dos o tres ocasiones, pero nadie diría que estaban realmente vivos. Comenzaban a apestar rápidamente, y no eran capaces siquiera de abrir una puerta. Menos aún de charlar y contar sus historias de vidas. Bueno, no de vidas, sino… Se entiende la idea.
– No puedo creerle. El cementerio es Tierra Sagrada, por supuesto, y forma parte del paso de las almas hacia la otra vida, pero… – Otra vez fue interrumpido. Vaya falta de educación la de este inmortal, se dijo para sus adentros.
– Usted mismo es un caso, Augusto. Acompáñeme – El Fraile hizo un esfuerzo para levantarse y seguir al cura, preguntándose cuando había dejado de ser Su Ilustrísima. Aunque eso no era lo que más lo intrigaba.
– ¿Cómo que yo mismo soy un caso? Puedo asegurarle que estoy completamente vivo.
– Bueno, sí. Exactamente. Verá, yo no estuve de acuerdo, por supuesto que no, pero cuando supimos que usted vendría aquí, hubo una reunión para decidir qué hacer. La gente se acostumbra rápidamente a no temer la muerte, ¿sabe?
A medida que caminaban por las calles del pueblo, ya de noche, el Fraile vio a varios niños correteando sobre los techos de las casas, jugando a atraparse. Cada tanto alguno caía desde lo alto. Solo se levantaban, corrían dentro de alguna casa, y volvía a salir a los tejados. Fue mayor su sorpresa al ver a dos viejos apostando frente a una casa. Uno de ellos se enfado al perder diez billetes, cuando el gatillo disparo la bala que atravesó su cráneo. Pero pronto estaban jugando otra ronda, y haciendo girar el tambor. El cura continuo explicándole:
– Verá, el té que hoy le sirvió la señora Rosa en su hospedaje, tenía agregado un poco de cianuro… – El Fraile se estremeció un poco, y tomo nota mental de no dejar ninguna propina al marcharse – Yo me opuse rotundamente a que intentáramos algo así, pero solo fuimos tres en todo el pueblo los que votamos en contra. Tampoco es muy grave envenenarlo en un lugar donde nadie muere, ¿no cree?
El Padre Ramos se sonrió un poco, alzándose de hombros, a modo de disculpa. El Fraile respiró profundo, pensando que ya que él mismo hubiese querido envenenar al otro en ese mismo instante, bien podía poner la otra mejilla.


Despertó al otro día en su cama, bastante sobresaltado. El olor a gas lo descomponía, y tosía mientras intentaba abrir la ventana. Se canso de intentar quitar la cinta que estaba sellándola, y con un feo florero que había en la mesa de luz rompió uno de los vidrios, para poder respirar aire fresco. Luego cerró la llave de paso de la estufa que estaba, apagada, a los pies de la cama.
Terminó de vestirse, y salió de la habitación. No se sorprendió al ver un trapo que bloqueaba el paso de aire por debajo de la puerta.
Cargando su bolso, se dirigió a la salida. Se cruzo con la señora Rosa, la vieja dueña de la casa, pero esta se aseguro de no cruzar su mirada. Otra vez sería.
Dejó el pueblo sin haber llegado a pasar un día completo ahí. Y ya había decidido que no presentaría ningún informe al respecto. Que el joven cura y sus feligreses siguiesen viviendo su vida sin final tranquilos. Cosas más raras había visto.
Algún día, cuando estuviese por retirarse, pediría que trasladaran al Padre Ramos a otra iglesia. Consentir un intento de asesinato, por más imposible que fuese el mismo, era un pecado. Y el Fraile Augusto Dionisio Boll ya sabía que, cuando se cansara de los demonios y posesos, querría ser cura en la iglesia de The Big Tail por el resto de sus días hasta estar realmente dispuesto a retirarse.


Cuento (o intento de...), inspirado en este suceso:
http://lacapital.com.ar/la-region/El-Rabon-un-pueblo-que-se-quedo-sin-cementerio--20110504-0018.html

Algo más al respecto:
http://www.lacapital.com.ar/la-region/El-pueblo-santafesino-que-no-tiene-donde-enterrar-a-sus-muertos-resucito-en-las-redes-sociales--20110504-0060.html

y la ubicación: