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Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


29 febrero, 2008

Destino, mujeres, tiempo y roedores

[Solo una introducción musical: http://es.youtube.com/watch?v=cTSX91J6UtE&feature=related ]

Estaba viajando en el colectivo, uno de esos que tienen puerta en el medio como única salida. Como usualmente hago, al subir fui tan atrás como podía, y en este caso, eso implicó llegar al fondo del vehículo, junto a las ubicaciones unipersonales.
Cuando ya pasaba la mitad del camino (el viaje dura una hora), se paró a mi derecha una persona, que llamó mi atención.
Era un hombre algo más alto que yo, con el pelo blanco y tupido pese a llevar entradas. Tenía unas manazas que concordaban con su tamaño, grandote, aunque más por panza que por espalda.
Miraba hacia todas las direcciones, como las ardillas en los dibujos animados, y al igual que lo hacia con sus ojos, movía sus manos con movimientos secos y rápidos.
No es la primera vez que me pasa, pero lo cierto es que en el mismo momento en que lo vi me hizo poner en guardia. Como si hubiera que tener cuidado de él, como si hubiera que tenerlo vigilado.
Al poco tiempo, se libero un asiento en la línea final de colectivo, y lo ocupe. Él avanzo al lugar que yo ocupaba previamente, mirándome de forma extraña.
Solo unas paradas después se liberaron algunos asientos más, y fue a sentarse a uno de ellos, en la fila siguiente a la mía, del lado de la ventana… en un asiento para dos.
En el asiento libre junto a él, se sentó una chica que yo ya tenia de vista, una hippona que suele viajar a esa hora.
Se la veía incomoda, y este sujeto le echaba sus miradas relámpago.
Mientras lo miraba, vigilandole los movimientos y previendo posibles reacciones mías, a mi lado se sentó una madre, y en el escalón a sus pies su hija, una adolescente de unos quince años. También en ese lapso de tiempo, se paro en el lugar frente a mí un tipo.
Debía rondar los treinta años.
Esta persona también capto mi atención, pero de un modo distinto. Pelo negro, ojos marrones. También tenía entradas. Llevaba puesto un piloto negro gastado.
Fue curioso… me dolió verme con un aspecto que indicaba tan poco éxito… bueno, en el plano material, al menos. Me robo una sonrisa ver una alianza de oro en mi envejecida mano izquierda.
Pero entonces, me percate de algo que no me gusto nada.
En una primera instancia, hubiera sido imposible notarlo, pero ahora que el rompecabezas estaba completo, era fácil ver la imagen. Una imagen que me espanto.
Quería preguntarles, como había podido llegar a eso?! por que?!
Me imagine estampando al Viejo contra la pared, y exigiéndole respuestas con el Adulto. Era inconcebible llegar a eso… o lo hubiera sido si no lo hubiese tendido delante de mis ojos.
Aun tenia esa imagen en mi cabeza cuando bajo la hippie. Con lo cual, la quinceañera se iba a sentar con el Viejo, y no me gustaba nada la idea. Le dije que tomara mi lugar –junto a su madre, por cierto- y ocupe yo el bendito asiento.
Ambos nos miramos, el de ese modo irritante y yo con mi mejor mirada de desprecio y advertencia.
El Adulto siguió en su lugar, sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor.
Subió otra chica, con cara de ratón, riendo de nada, sola.
El viaje ya iba terminando, faltaban menos de veinte cuadras.
Se libero un asiento frente a esta última muchacha, al tiempo que el Adulto enfilaba hacia la puerta. Aun riendo –aun sin motivo- la srta le ofreció el asiento, y luego se corrió al notar que él se disponía a bajar. Ella ocupó el lugar. Él bajó.
Dos cuadras después, mi acompañante, que tanto rechazo me generaba, comenzó a pararse. Todo indicaba que bajaría en la misma parada que yo.
Estando en la puerta, con él nuevamente a mi derecha, y note como la ratoncita me miraba y se reía.
Baje, y el Viejo se marchó en sentido opuesto al mío.
El destino se ha reído de mi, pero hasta ese momento jamás lo había visto hacerlo.
Cosas extrañas pueden suceder en un colectivo…

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