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Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


08 agosto, 2011

En The Big Tail

El Fraile Augusto Dionisio Boll nunca viajaba en avión. Aseguraba que temía a los demonios del aire. Que él mismo había obligado a demasiados a quedarse allí. La realidad es que no le gustaba volar.

De modo que en vez de tardar unas horas, menos de un día, yendo en avión, tomó el largo camino en barco que lo condujo cruzando el océano hasta el otro continente. Luego paso un día viajando en tren, recorriendo un país que ni siquiera era su destino. Y aún más de doce horas por una ruta maltrecha, cruzando la frontera, hasta finalmente llegar al pueblo donde requerían sus servicios.

No le habían dicho exactamente cuál sería su tarea. El Fraile nunca permitía que lo hicieran. Aseguraba que la verdad solo puede ser encontrada por cada uno. Que él mismo pasaba su vida descubriendo verdades. En realidad, se divertía con las sorpresas.

Ya era pasado el mediodía cuando entró a ese sitio perdido en medio de la nada, el pequeño pueblito llamado The Big Tail. Le gustó la ironía del nombre. Si el Señor, alabado fuese en su gloria, evidentemente disfrutaba tanto con la ironía, no veía porque no hacerlo él mismo.
Le llamo la atención que no hubiese nadie para recibirlo. No es que le importara, pero si era lo usual. Generalmente un viejo cura, que rengueaba hasta alcanzarlo, gritando que Satanás estaba entre sus casas, que el Diablo invadía las puras almas de las vírgenes, o alguna otra forma similar de Gran Terror Bíblico Cuasi Apocalíptico.
El Fraile decidió aprovechar la falta de bienvenida para buscar un hotel donde hospedarse y dormir una siesta antes de comenzar con su trabajo, fuera el que fuese. Le habían indicado que la misma ruta por la que llegó se convertía en la avenida principal del lugar, de modo que siguió ese camino.
Y siguió por ese camino unas seis o siete cuadras, hasta que renació la ruta. Eso era todo. Seis o siete cuadras eran la calle central de The Big Tail. Volvió sobre sus pasos, pensando que al menos tendría que andar poco, lo que era para agradecer, teniendo en cuenta su para nada modesta barriga.
Al recorrer otra vez esas calles, se preguntó nuevamente como en un lugar tan pequeño, podían darse tantos accidentes automovilísticos. No es que hubiese muchos vehículos, pero los cinco ó seis que vio parecían tener marcas de grandes choques, e incluso en una calle transversal vio dos autos que parecían haber sido dejados sin darles mayor importancia luego de colisionar a gran velocidad. Pensó que El Demonio se muestra de las maneras más inverosímiles, intentando confundirnos. Le gustaba pensar frases que sonaran impresionantes. Era parte de su trabajo usarlas.
Llamó a la puerta de una casa apenas más grande que el resto, que tenía sobre una ventana un cartel de “Hay Abitacion”. Golpeó un par de veces más pero como nadie contestó, abrió la puerta y se invitó a entrar, temiendo que el sol terminara rostizándolo si seguía aguardando.


Algunas horas más tarde, lo despertó una señora de aspecto tan macilento como el pueblo y la casa. El se levanto del sillón donde había caído dormido, y se arreglo un poco la sotana, mientras la vieja le acercaba un pocillo de té.
– ¿Se va a hospedar aquí, Padre? ¿Tiene algún familiar en el pueblo? Ya nadie viene por aquí, ni siquiera familiares. Pero siempre damos la bienvenida a la gente nueva. ¿Quiere algo de comer? ¿Más té?
El Fraile rechazo la tetera con un gesto. Apenas había podido tragar el té que ya le había sido servido. Además, él estaba en una Misión Sagrada.
– Mi humilde señora, el Sumo Pontífice en persona me ha encomendado venir aquí en el menor tiempo que La Providencia me permitiese. –el Fraile, aprovechando el primer respiro de la señora desde que empezara a hablar, comenzó su discurso habitual. – Vengo a acallar a los demonios que se atreven a azotar la paz de los siervos del Señor. Vengo a hacer rehuir a las diabólicas fuerzas de Lucifer…
El Fraile Augusto Dionisio Boll, enviado especial del Papa, exorcista de Primer Orden, capaz de mirar a los ojos del Diablo sin pestañar (durante 5 minutos en una ocasión, según él afirmaba) y cuyas palabras eran capaces de apagar las llamas del Infierno como un extintor multi-clase, se interrumpió al notar que su anfitriona no le prestaba atención. Parecía demasiado concentrada en quitar una pelusa de su floreada y recatada falda.
– Mientras usted dormía puse su bolso en la habitación del fondo. Si vuelve para las ocho, la cena estará lista.
Sintiéndose exorcizado de la casa, el Fraile notó como la vieja lo condujo hasta la calle, sin atinar a decir nada más. En toda su experiencia en el rubro, jamás le había pasado algo así. Y tenía 42 años haciendo lo suyo. Muchas veces las personas habían caído a sus pies, besándoselos, llorando de alivio. No es que él esperara tanto, un leve gesto de asombro hubiese bastado. Quizás una persignación. Pero no, simplemente había sido ignorado.
Hizo lo único que cabía en una situación así. Rió a carcajadas, y comenzó a caminar haciéndolo aún. Siempre le caían bien las sorpresas. O casi siempre.


Ya había pasado la hora de la siesta, y había algo más de actividad en las calles. O todo lo parecido que pudiese haber a la actividad en un lugar donde prácticamente todas las familias se conocían unas a otras.
El Fraile detuvo a un niño que pasaba corriendo a su lado y le preguntó dónde estaba la iglesia de The Big Tail. Por como estaba vestido, el chiquillo debía estar jugando a los piratas o algo así, y como toda persona en esa situación, no parecía contento de ser interrumpido. Pero tras ver la sotana, indicó la calle por la que debía seguirse para llegar a la versión local de la casa de Dios. Un par de pasos después, el Fraile se extrañó al ver que el pequeño era alcanzado por otro compañero de juego, quien le daba una estocada con una espada que no tenía nada de juguete. Que no parecía tener nada de juguete, se corrigió mentalmente el Fraile.


La iglesia de The Big Tail era apenas más grande que la casa de hospedaje. Y siendo que la única habitación que esta tenía para huéspedes estaba ahora a nombre de Augusto Dionisio Boll, eso era mucho decir. O poco decir, en cierto modo.
El Padre Ramos y el Fraile Boll estaban sentados en una mesita en lo que hacía las veces de sala de archivo, depósito y recamara privada del Padre. Estaban tomando un café. Ambos lo tomaban negro. Y aún así, no parecía amargo comparado con la expresión del eclesiástico local.
– Si, su Ilustrísima, sabía de su pronto arribo. Aunque pensamos que eso sería antes de cumplidas las 3 semanas de recibir la carta anunciando su visita. – el cura mostro una sonrisa de dientes perfectos, pero sin un asomo de gracia.
Definitivamente algo andaba mal con la gente local. Casi siempre quien requería su presencia era un cura. Cuando no era así, era alguien a quien el cura había encomendado mandarlo a llamar. No tenía sentido ser tratado así. ¿Acaso era un caso de posesión colectiva? Nunca había tratado con posesos sin reconocerlos, no en los últimos 30 años, cuando había sido ascendido a la Primer Orden. Y definitivamente no quería aceptar la idea de que todo el pueblo estuviese poseído. Eso implicaría días y días de trabajo, y retrasaría las vacaciones que Su Santidad le había prometido bajo el sol del Caribe.
– Creo que debe haber un malentendido. Padre, permítame explicarle: el Sumo Pontífice en persona me ha encomendado venir aquí en el menor tiempo que La Providencia me permitiese. Vengo a acallar… – el Fraile se interrumpió al ver la cara de hastío del joven cura – Mire, si me enviaron aquí, es porque hay un trabajo que hacer. Alguna manifestación del mal, algún fuego fatuo recurrente, incluso puede que me enviaran por error, para certificar un milagro. Ya ha pasado antes. Son cosas de la burocracia divina.
– Pues no, nada ha ocurrido. Este es un pueblo tranquilo, donde nada pasa. Lamento que perdiera su tiempo viniendo hasta aquí, pero no hay nada que pueda hacer para ayudarnos. No hay nada en que ayudar. Pero no se preocupe, mañana mismo a primera hora acordaré con algún buen samaritano para que lo lleve hasta el aeropuerto de la provincia.
Si el Fraile necesitaba algo para colmar su paciencia, era eso. Ya había perdido el tiempo antes por errores. También había sido llamado a pueblos desconocidos que intentaban aumentar el turismo a base de falsas intervenciones demoníacas. Pero que pretendieran hacerlo subir a uno de esos aberrantes armatostes voladores iba más allá de su límite. Acomodo toda su persona sobre la silla, disponiéndose a hablar. Además, la silla no tenía respaldo. Eso no ayudaba a su humor. Le molestaba estar erguido.
– Mire jovencito, no sé qué es lo que se traen en este lugar entre manos, pero no crea que va a quedar así. Hablaré con las autoridades eclesiásticas, y haré que lo manden a llamar por esta grave impertinencia. Haré enviar aquí a alguien con la edad suficiente para hacerse verdaderamente cargo de los feligreses de este pueblo, y usted será transferido a otra iglesia… – El Fraile se detuvo en su discurso. No es que realmente pensara tomarse todo ese trabajo, tan solo quería asustar un poco al cura.
Pero la cara del Padre Ramos se había transformado en una expresión de terror digna de la aparición del Manda Más del Averno. El cura se apuró a hablar, intentando evitar tartamudear.
– Bueno, no, no, tampoco es necesario llegar a esos extremos. Creo que no hace falta que se tomen medidas tan drásticas.
– Entonces comience por decirme qué diantres ocurre en este pueblo.
– Bueno, verá. No es la gran cosa. Nada que amerite su presencia, simplemente.
El Fraile hizo un gesto para que el cura dejará de dar largas al asunto. El mismo gesto había enviado demonios menores de vuelta al Infierno. Básicamente era levantar un poco una ceja, y alzar la comisura de sus labios, mostrando los dientes. Su gran nariz y dientes amarillos ayudaban bastante.
– Si. Bien. Lo que ocurre es que hace unos meses, se nos acabó el cementerio. No tenemos más tierra donde enterrar a nuestros muertos. Y nadie ha querido donar nuevo territorio. Solo es eso. Una nadería, ya ve.
– Oh, ya veo. Solo eso. Bueno, ha ocurrido antes. Tiene razón, no es gran cosa. – el Fraile rebusco en su sotana – Esta bien, tengo mi chequera conmigo, no es mi área, pero en casos excepcionales el Vaticano acepta estas erogaciones. Tan solo tienen que intentar no comentarlo, y la escritura del terreno que consigamos se hará a nombre de… – Otra vez, el Fraile se vio interrumpido por el cura. Parecía estar haciéndose costumbre. Quizás la edad le estaba quitando autoridad. O quizás los 10 kilos que había engordado en el último año.
– ¡No! No, no, no. No. No, no podríamos aceptar eso. No es tan importante, realmente no es nada… – El Fraile solo necesito alzar apenas su labio. Tenía un incisivo muy puntiagudo. Le gustaba eso de él mismo. Resultaba efectivo. – Bueno, verá. Su Ilustrísima, lo que ocurre, es que desde que se acabó el cementerio, nadie ha muerto.
– Bueno, pero eventualmente alguien lo hará. La dueña del lugar donde me hospedo no parece poder aguantar mucho más, unos meses diría, como mucho un año…
– Es que no comprende. Muchos han debido morir. Solo que no ocurre. Las enfermedades llegan a su punto máximo, los accidentes ocurren, incluso alguna pelea se torna muy violenta… Pero la muerte no llega.
– ¿Ni un poco? – Preguntó el Fraile, intentando acomodar sus ideas.
– Nada. No hay muertes. Las heridas se curan, las enfermedades se van. Simplemente, todos siguen viviendo. Yo mismo caí del campanario hace una semana, y aterrice de cabeza en el piso.
El cura se giró para mostrar una cicatriz que apenas se notaba entre el pelo, algunos centímetros sobre su nuca. El Fraile había visto cosas parecidas. Se había enfrentado a muertos vivientes, los famosos zombies, en dos o tres ocasiones, pero nadie diría que estaban realmente vivos. Comenzaban a apestar rápidamente, y no eran capaces siquiera de abrir una puerta. Menos aún de charlar y contar sus historias de vidas. Bueno, no de vidas, sino… Se entiende la idea.
– No puedo creerle. El cementerio es Tierra Sagrada, por supuesto, y forma parte del paso de las almas hacia la otra vida, pero… – Otra vez fue interrumpido. Vaya falta de educación la de este inmortal, se dijo para sus adentros.
– Usted mismo es un caso, Augusto. Acompáñeme – El Fraile hizo un esfuerzo para levantarse y seguir al cura, preguntándose cuando había dejado de ser Su Ilustrísima. Aunque eso no era lo que más lo intrigaba.
– ¿Cómo que yo mismo soy un caso? Puedo asegurarle que estoy completamente vivo.
– Bueno, sí. Exactamente. Verá, yo no estuve de acuerdo, por supuesto que no, pero cuando supimos que usted vendría aquí, hubo una reunión para decidir qué hacer. La gente se acostumbra rápidamente a no temer la muerte, ¿sabe?
A medida que caminaban por las calles del pueblo, ya de noche, el Fraile vio a varios niños correteando sobre los techos de las casas, jugando a atraparse. Cada tanto alguno caía desde lo alto. Solo se levantaban, corrían dentro de alguna casa, y volvía a salir a los tejados. Fue mayor su sorpresa al ver a dos viejos apostando frente a una casa. Uno de ellos se enfado al perder diez billetes, cuando el gatillo disparo la bala que atravesó su cráneo. Pero pronto estaban jugando otra ronda, y haciendo girar el tambor. El cura continuo explicándole:
– Verá, el té que hoy le sirvió la señora Rosa en su hospedaje, tenía agregado un poco de cianuro… – El Fraile se estremeció un poco, y tomo nota mental de no dejar ninguna propina al marcharse – Yo me opuse rotundamente a que intentáramos algo así, pero solo fuimos tres en todo el pueblo los que votamos en contra. Tampoco es muy grave envenenarlo en un lugar donde nadie muere, ¿no cree?
El Padre Ramos se sonrió un poco, alzándose de hombros, a modo de disculpa. El Fraile respiró profundo, pensando que ya que él mismo hubiese querido envenenar al otro en ese mismo instante, bien podía poner la otra mejilla.


Despertó al otro día en su cama, bastante sobresaltado. El olor a gas lo descomponía, y tosía mientras intentaba abrir la ventana. Se canso de intentar quitar la cinta que estaba sellándola, y con un feo florero que había en la mesa de luz rompió uno de los vidrios, para poder respirar aire fresco. Luego cerró la llave de paso de la estufa que estaba, apagada, a los pies de la cama.
Terminó de vestirse, y salió de la habitación. No se sorprendió al ver un trapo que bloqueaba el paso de aire por debajo de la puerta.
Cargando su bolso, se dirigió a la salida. Se cruzo con la señora Rosa, la vieja dueña de la casa, pero esta se aseguro de no cruzar su mirada. Otra vez sería.
Dejó el pueblo sin haber llegado a pasar un día completo ahí. Y ya había decidido que no presentaría ningún informe al respecto. Que el joven cura y sus feligreses siguiesen viviendo su vida sin final tranquilos. Cosas más raras había visto.
Algún día, cuando estuviese por retirarse, pediría que trasladaran al Padre Ramos a otra iglesia. Consentir un intento de asesinato, por más imposible que fuese el mismo, era un pecado. Y el Fraile Augusto Dionisio Boll ya sabía que, cuando se cansara de los demonios y posesos, querría ser cura en la iglesia de The Big Tail por el resto de sus días hasta estar realmente dispuesto a retirarse.


Cuento (o intento de...), inspirado en este suceso:

Algo más al respecto:

y la ubicación:

1 comentario:

Mademoiselle Framboise dijo...

que lindo relato... no importa cuanto lo lea