SECCIONES

Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


17 abril, 2012

Under Attack


Comprobé mi arma, y me quedaban cinco balas, de un cargador de veinte. Mi puntería no había mejorado demasiado, sin importar cuánto hubiese disparado en las últimas 48 horas. Si se tenía en cuenta que tres días atrás nunca había usado un arma, creo que era bastante perdonable.
Tres días desde que la Capital había volado en pedazos, matando a todos los que estaban ahí. A todos. A mi familia entera. A todos.
A todos menos a Pablo, mi hermano por elección. Todavía quedábamos nosotros dos. Y de alguna forma nos habíamos encontrado con su ex (Maca), y con el actual de su ex. Un hermoso grupo.
Tan solo teníamos que llegar a la base que estaba en Salta. Unos kilómetros más. Solo unos kilómetros más. Y habíamos logrado parar otra ola de esos bichos de mierda.
Respiré profundo. Y otra vez. A mi derecha, la vi a ella, abrazándose con su muñeco de torta. Estaban bien los dos, al parecer.
Adelante mío estaba la camioneta en la que habíamos estado viajando, y que nos había servido de trinchera. No sé con qué le habían dado, pero el capot y el motor se habían derretido. Si, derretido. Eso nos dejaba solo la moto que llevábamos en la parte de atrás.
Miré hacia el otro costado, y entonces lo vi. Caí sobre mis rodillas, a su lado.
-­­­­¡¿Estás bien?! -  sacudí a mi mejor amigo, que estaba tirado boca abajo. Lo di vuelta – ¿Pablo, contestame, estás bien?
Abrió los ojos, y me sonrió apenas.
-Estoy bárbaro, linda -Mientras me hablaba, miré como estaba. Si quedaba alguna duda respecto a su ironía, los tres agujeros que tenía en el pecho la eliminaban rápido. Le habían dado desde la derecha. Hacia el lado donde había estado yo. No lo había cubierto bien. Le habían dado por mi culpa. Por ser tan idiota, por no poder…
Siguió hablando, casi en susurros, y tuve que cortar esa ola de pensamientos y culpa que me invadía. No había tiempo para eso.
-Javi, tenés que salvarla. Llevala hasta la base. Salvala. -me hablaba con esfuerzo, intentando enfocar la mirada y sin lograrlo
-No seas boludo, cállate. Si te subo a la moto llegamos. Estás perdiendo sangre nomás, pero en la base tiene que haber médicos. Te van a--
Me agarró del brazo, apenas tocándome. Pero yo entendía que estaba aferrándose a mí.
-No. Sabes que a pie están al horno. En la moto Javi. Llevala. Salvala. Por mí.
-Sos un hijo de puta. Sos una basura hijo de remil puta -lo miraba a la cara, casi con odio, con lagrimas en los ojos. Lo perdía. Me pedía que lo dejara ahí. Sabía que no se lo podía negar. Me sonrió de nuevo. Y cerró los ojos.
Cerré mi puño, y me preparé para golpear el piso, como si el piso fuera la fuerza que me había arrebatado todo, mi familia, mis amigos, y ahora a mi último compañero. Pero no. No podía. Eso hubiese podido lastimar mi mano, y esa no era una opción.
Grité. Miré al cielo y grité. A ese cielo de mierda, que brillaba celeste como si no le importara que todo se estuviese destruyendo a su alrededor, como si la vida continuase para el mundo.
Me paré, y vi que tenía al lado mío a Maca y al Capitán Piluso. Ella estaba llorando, y él la abrazaba, como si eso sirviera de algo. Quería escupirlo, pegarle y arrancarle la cabeza. Mi amigo tendría que haber estado ahí, abrazándola. Y los tres a salvo, en la base… Y tomando té con la reina de Inglaterra, para lo que valían los deseos.
Me puse el arma de Pablo dentro del pantalón, y bajé la moto de la camioneta. La parejita me miró, y él me dijo:
-Nosotros vamos a seguir caminando. Está bien si te llevas la moto. Entendemos.
Obviamente, no entendían nada. Ir caminando era un suicidio. Pero yo no tenía ganas de ponerme a explicar. Mi voz sonó ronca, cascada:
-No, vos vas caminando. Ella sube conmigo, y nos vamos ahora mismo. Maca, subí.
¿Un poco ingenuo por mi parte? No, simplemente estaba agotado. No quería razonar con nadie. Todavía veía el pecho de Pablo moviéndose. No se iba a morir hasta que cumpliera mi palabra, estaba seguro. Y sabía que no había tiempo para ceremonias ni esperas.
Maca me miró con bastante asco, y no se movió. Yo arranqué la moto.
-Maca. Arriba -suspiré, sin ganas de hablar- El que vaya caminando, está muerto. Ya tiene que estar viniendo otra partida de bichos. En la moto tenemos chances -Le hablaba a él, no a ella. Yo ya estaba arriba de la moto. Esperaba que él entendiera. Entendió.
-Tiene razón Maca. Andá con él. Soy el mejor disparando, el que más chances tiene de llegar por su cuenta. Mi amor, tenés que ir con él.
Ahora ella me habló a mí, y en su mirada había un odió que jamás había sentido. Si no hubiese estado cubierto de barro y sangre, si mi amigo no hubiera estado agonizando al lado mío, si el mundo no se hubiese vuelto un infierno, habría tenido miedo de esa mirada. En cambio, solo me llamó la atención, mientras la escuchaba:
-Sobre mi cadáver me voy a subir con vos a esa moto. No me voy a separar de él.
Exhale con cansancio. Levante mi arma. Le apunté. Disparé.
Escuché el grito.
Incluso yo puedo darle a alguien en el hombro a dos metros de distancia.
Él había caído, por la fuerza del impacto o por la sorpresa, vaya uno a saber. Ella ya estaba arrodillada a su lado. Ninguno de los dos intento dispararme. Quizás quedaba alguna decencia que salvar en la humanidad. Por suerte a mi no me quedaban escrúpulos como para preocuparme por eso.
-Maca, subí a la moto, o te voy a llevar sobre su cadáver -ahora le apuntaba a la cabeza.
Ella lo miró a los ojos, buscando una respuesta o una solución, vaya uno a saber.
-Todavía tiene chances de salvarse. Puede llegar a hacerlo. Tiene su brazo derecho para disparar. Pero si no te subís ahora mismo…
Él asintió con la cabeza, no sé si para que yo me callase o para que ella me hiciera caso. Pero Maca lo aceptó. Sin mirarme siquiera, caminó hasta la moto, y subió detrás de mí.
Ya llegaban los primeros sonidos, como el ruido que hace un gusano gordo al ser aplastado. Ese sonido que habíamos aprendido a detestar, ya que significaba otra ola de ataque.
Aceleré la moto, confiando en poder llegar hasta la base, y salvar a Maca. Cumplir con lo prometido a mi amigo.

2 comentarios:

Bruno dijo...

Interesante, bro. Quiero saber más.

Seba dijo...

More! More! More!