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Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

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Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

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Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


22 octubre, 2012

Mi carrera - El Tono


Al momento de escribir, tener en claro la idea que quiero contar me resulta fundamental. Sé que hay otros tipos de escritores, pero yo soy de tener bastante material desarrollado en mi cabeza antes de teclear siquiera la primera palabra. Bien por los que pueden improvisar, dejar fluir el texto desde prácticamente la nada pura. No me tocó eso, o no de momento al menos.
Ahora bien, supongamos que tenemos la idea. Para el caso, y para no hablar de algo tan abstracto, tomemos una cualquiera: Rodrigo fue a comprar pan. Olvidémonos de esa regla básica de poner un conflicto. Soy un fiel creyente de esa regla aunque haya herejes que no la apoyan (tampoco digo que haya que quemarlos en la hoguera: con chamuscarle unos pelos alcanzaría). Nuevamente, para el caso es suficiente con eso: Rodrigo fue a comprar el pan.
¿Ya podemos ponernos a escribir? ¡Ojalá!, y estoy seguro de que muchas personas pueden. En mi caso, si la historia va a ser corta, generalmente alcanza con eso para ponerme a desarrollarla en mi mente, y una vez que sepa aproximadamente por qué calles va a ir Rodrigo y en que panadería va a entrar, ya puedo ponerme a tipear. Pero si la historia va a ser larga… entra lo que creo que es el punto fundamental de contar historias, lo que he dado en llamar: el tono.
Quizás haya otra palabra para definirlo, quizás la robé de algún lado y así es como se llama. Detalles menores. Lo que importa, es lo que entiendo por el tono de una historia.
El tono está compuesto por el narrador (ese que es omnisapiente, o testigo, o protagonista, o etcétera). Pero no es sólo eso. Es algo más, y voy a mostrar a lo que me refiero con un par de ejemplos. Van a estar todos con un narrador más o menos omnisapiente, para que se entienda que no hablo de decidir solamente ese punto.
Rodrigo fue a comprar pan, ¿no? Entonces…
Rodri bajó corriendo los escalones hasta la calle, y ya estaba bufando. Pensó que más que ir a comprar pan, debería estar yendo a entrenar… no podía estar en tan mala forma.
O quizás…
Uno, dos, tres escalones más y ya habría terminado el descenso. Las gotas saladas como agua de mar corrían por el cuello de Rodrigo. Atribulado, pensó una vez más en que su estado físico resultaba deplorable. Con resignación, continuó su camino hacia la panadería.
La historia es la misma. Pero hay una diferencia apreciable igualmente entre una versión y otra. Vamos por una más marcada:
Tras bajar los escalones, Rodrigo estaba más chivado que las medias del nueve de Peñarol después de jugar contra Boca. Y probablemente olía de un modo muy similar. Pensó que tenía que anotarse al gimnasio, pero esa idea fue tristemente acribillada a tiros por el olorcito a pan recién horneado que salía de la panadería. Ya resucitaría y volvería a caer, como había hecho cada vez que Rodrigo pensó en hacer actividad física.
Cualquiera de estos modos de contar la historia es válido en sí mismo. Considero que el segundo es demasiado recargado, y el último tiene referencias de fútbol que por mi desconocimiento en la materia difícilmente podría seguir (aunque estoy casi seguro de que los “9” corren mucho). Pero si estas diferentes formas de contar una misma historia son válidas… ¿cual hay que elegir?
Hay una formula muy simple para saberlo, que no falla jamás. O al menos, estoy convencido de que la hay. Espero encontrarla algún día, porque de momento es un tema que suele trabarme, y mucho.
Algunas cuestiones que ya fui deduciendo con el tiempo:
En muchas ocasiones, la historia que uno quiere contar ya descarta o predispone a un tono en particular. La historia de Rodri comprando pan puede ser contada con humor, pero describirlo como un relato épico sería algo más raro. Eso no implica que haya que descartarlo, pero como no es un tono que resulte “natural” para lo que se está contando, seguramente eso tomaría bastante protagonismo.
El punto anterior me lleva a mi siguiente deducción: las rupturas en el tono se pueden usar como un recurso humorístico. Por ejemplo, se podría contar de un modo cargado de dramatismo como la tostada giró en el aire, al tiempo que María Luz De los Blancos Campos estiraba su brazo, intentando alcanzarla, tratando con todo su ser de asirla antes de que el trágico e inevitable final resultase grabado en la piedra del destino. Deteniendo el tiempo en un instante eterno, la mermelada se estrelló contra el suelo, salpicando cual una ola rompiendo contra los bancos de coral que la joven recordaba de su reciente niñez.
Otro punto: Hay que ser consistente con el tono. Uno puede elegir prácticamente el que quiera, pero una vez hecha una elección, hay que serle fiel (para posibles excepciones, ver el punto anterior). Si uno está leyendo El Señor de los Anillos, y compenetrado en el modo en que Áragon avanza frente a su ejército contra el enemigo, va a chocar demasiado que uno de los orcos al verlo piense ¡puta madre! ¡'tamo' al horno!.
El tono es lo que mejor vende la historia. Más allá de la historia que uno quiera contar, en el tono está gran parte del como contarla. Creo que un tono adecuado, bien llevado, puede atrapar al lector sin importar lo que uno está contando. Y si el tono es bueno, y la historia acompaña… no resultará nada fácil dejar de leer.



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