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Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


25 octubre, 2012

Varobaz


“Varobaz”. El cartel de letras rojas y fondo blanco estaba a un metro escaso de mis ojos, y estando tirado en el suelo era todo lo que podía ver. Moviéndome lo menos posible, llevé mis manos al lugar donde recordaba haber recibido el impacto. Mi frente estaba intacta. Eso era un alivio. Cerré mis parpados con fuerza. Recordé los gritos. El miedo. El forcejeo. Y el disparo.
Volví a abrir los ojos, y ahí seguían las letras: “Varobaz”. Giré la cabeza con cuidado, y todo lo que me rodeaba era un paisaje blanco. Temía moverme, pero también tenía la certeza de que podía hacerlo. No me sentía débil. Tampoco mareado. Ni siquiera me dolía la pierna, como lo había hecho durante los últimos cinco años. Me levanté.
Un desierto de arena blanca y allanada, bajo un cielo blanco e inmaculado. Un cartel, colgando de una cadena entre dos postes que no me llegaban a la cintura. Blancos también, por supuesto. Y las letras rojas: “Varobaz”.
Evidentemente ya no estaba en la calle que recordaba. Al menos tampoco estaba el tipo que me había asaltado. Ni los autos, ni los edificios, ni mi ropa.
Tomé aire, aspirando profundamente, intentando aclarar mi mente. Entender lo que sucedía y donde estaba. Pensé de nuevo en la ausencia del dolor de mi pierna. No entendía como había ocurrido. Lo cierto es que esa punzada que se había vuelto mi compañera permanente… ya no estaba.
Empujé con el pie el cartel. Se balanceó un rato. El chirrido de la cadena que lo sostenía se sumó al sonido de mi respiración. Eso me hizo pensar en el silencio que me rodeaba, que no era ese silencio opresivo y que causa temor. Era un silencio pacífico, amistoso. Invitaba a dejarlo ser. Así lo hice, conteniendo las ganas de gritar.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero aunque no me sentía cansado de estar parado, decidí moverme un poco. Leí una vez más “Varobaz”, di media vuelta, y comencé a caminar.
Luego de dar unos cuantos pasos empecé a contar cada pisada. Me perdí después de unas decenas. Cada tanto me daba vuelta para asegurarme de estar avanzando. Entre medio de ese desierto blanco era difícil decirlo. Cada vez, las formas rojas en el fondo blanco se hacían más y más ilegibles.
El aire era tan puro que pasó un largo rato antes de que se fuera perdiera de vista el cartel. Cuando pasó de ser un punto a no ser nada, me asaltó la idea de que quizás no pudiera volver a encontrarlo. Me di vuelta inmediatamente, y caminé sobre los que creía mis pasos, que nunca habían dejado ni la menor marca en la arena.
La marcha era fácil, mi cuerpo no se cansaba, y no sentía hambre ni sed. Comencé a tararear una canción, y en algún momento logré vencer al silencio y canté algunas de mis letras favoritas.
Ya he cantado todas las canciones que conocí alguna vez, mil veces cada una. Ya he contado hasta un millón en más ocasiones de las que puedo recordar. Ya he narrado mi historia tantas veces que las palabras perdieron sentido, y lo volvieron a recuperar. Y aquí sigo, andando y buscando ese cartel. Perdido en Varobaz.

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