SECCIONES

Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


16 noviembre, 2012

Under Attack 2


(continuación del texto: Under Attack)

La ruta se escapaba detrás de nosotros. Realmente con la moto teníamos una velocidad mucho mayor que en la camioneta. Era mucho más fácil esquivar los pozos, los autos, los cuerpos. Era más fácil ignorar la destrucción y seguir adelante.
Llevábamos andando alrededor de dos horas, y habíamos podido avanzar casi ciento veinte kilómetros. Si manteníamos ese ritmo, en un día más podíamos estar llegando a la base en Salta. Por lo que nos decían los carteles, debíamos estar por salir de Santa Fe. Según lo que había calculado Pablo, eso era aproximadamente la mitad del camino.
Pablo. Hacía dos horas que lo habíamos dejado, tirado en medio de la ruta. Ya debía estar muerto. Al igual que el novio de Maca, que se había quedado ahí.
Me sentí completamente vacío mientras seguía manejando, con Maca sentada a mi espalda, esforzándose por ni siquiera rozarme.
Cada vez dudaba más de si debía o no seguir por la ruta. La ruta implicaba cruzar pueblos y estar cerca de ciudades, y en cualquier momento nos podía caer encima otro enjambre de bichos atacándonos. Ahora éramos dos, y ninguno era buen tirador. Teníamos suficientes balas, pero si no teníamos nada contra lo que cubrirnos, no había forma de que nos salváramos. Quizás lo mejor era buscar algún auto que tuviese la llave puesta y arrancara. Íbamos a ir más lento, claro…
–Javier. – La voz de Maca sonó quebrada, como si se negara a dejarla salir. No dijo nada más. Tampoco hizo falta. El escape de la moto era ruidoso, por eso había pasado por alto el sonido que hacían. Ya no importaba: llegaba a verlos, viniendo a través del campo, directo hacia nosotros.
Debían ser unos ocho, impulsándose con esa mezcla de tentáculos y patas que tenían. La parte de arriba, la de metal, brillaba a la luz del sol, reflejando el atardecer. Delante de todo iba el más grande, del tamaño de un gran danés. Su quinto tentáculo, como la cola de un escorpión, apuntaba directo a nosotros. No había más de trescientos metros de distancia.
–Agarrate.
Aceleré la moto antes de que Maca llegara a reaccionar. Se agarró de mí con las dos manos, mientras yo esquivaba los agujeros más grandes en el asfalto, y pasaba sobre el resto. No tenía un plan, no sabía que iba a hacer, pero sabía que detenernos en el medio de la ruta, con los bichos tan cerca y nada detrás de lo que escondernos, era un suicidio.
Y me parecía tan tentadora la idea del suicidio, de rendirse, de terminar con todo, de acabar de una buena vez… Macarena. Tenía que salvarla, a cualquier costo. Le había dado mi palabra a Pablo.
Miré por el retrovisor, y vi que ya no corrían entre la soja, sino que estábamos todos recorriendo la ruta. De reojo, llegué a ver como el que iba primero agarraba a otro y atacaba. No podía entender qué mente enferma podía haber desarrollado algo así. Se agarraban unos a otros, y se lanzaban como granadas. Como ya habíamos aprendido hacia días, sus cuerpos estaban llenos de metralla, de pequeñas piedras de metal que saltaban para todos lados cuando explotaban en el aire. Eso cuando estaban lejos. También podían explotar cuando te alcanzaban. Entonces no había nada que hacer.
Salí del camino, esperando que la metralla no nos diera. Escuché la pequeña explosión, y volví a la ruta.
–Seguí lo más derecho que puedas.
Sentí como Maca me soltaba, y quedaba agarrada a mí nada más con un brazo.
Continué manejando, intentado evitar los pozos y no doblar bruscamente. Veía por el espejo retrovisor como el bicho mayor agarraba a otro de nuevo. Escuché dos, tres disparos y por un instante casi quise reír, al ver explotar al bicho cuando recién empezaba su vuelo, todavía lejos de nosotros.
Había una curva adelante, y no había chance de pasar con la moto a través de la soja crecida. Teníamos que seguir yendo por la ruta, mientras que los bichos si podían cortar el camino. Ya había contado que quedaban cinco, y por más que estaba yendo a fondo no los teníamos a más de cien metros. En cuanto doblara, nos iban a dar alcance.
–¡Tenés que darle al grande! ¡Es la única que nos queda!
Maca gritó un “Sí” al tiempo que empezaba a disparar. La curva estaba cada vez más cerca, y los bichos también. Escuché varios disparos, pero por el retrovisor no vi que nada cambiara. Maca puteó, y me sacó el arma que yo llevaba en mi espalda. Era la que había estado usando Pablo, y recién entonces pensé que no la había recargado, ni me había fijado cuantas balas le quedaban. De haber creido en algún dios, hubiese rezado por un cartucho lleno. Estábamos a menos de diez segundos de tener que tomar la curva. Los bichos ya no intentaban lanzarse como granadas contra nosotros, ya sabían que nos iban a alcanzar.
Sonó un disparo, y otro, y otro más. Uno de los bichos explotó. debía ser el que iba último o uno demasiado chico, porque los otros siguieron corriendo. Ya estábamos sobre la curva. Me mantuve en línea recta hasta pisar la tierra, con Maca disparando sin lograr acertar, y giré en el último instante. Nos inclinamos hasta que mi rodilla se raspó contra el suelo, mientras Maca me clavaba las uñas. Intenté enderezar la moto, cuando Maca disparó una vez más. La bala debió dar en el pavimento, porque la rueda de atrás pegó un salto, y perdí el control del aparato. Tiré todo mi cuerpo hacia el otro lado, intentando evitar volcar, y entonces Maca gritó. Dejé de sentir sus uñas clavándose en mi carne, así que sosteniendo el manubrio con una mano me giré hacia atrás para ayudarla con mi mano libre. Por un instante la pude agarrar, frenando su caída. Entonces la rueda de adelante se clavó en un agujero. Volamos por el aire, con la moto detrás nuestro, y los bichos apenas más atrás. De algún modo llegué a pensar que todavía teníamos una chance si Maca les disparaba, aunque lo cierto es que ya no tenía el arma. Golpeamos contra la soja crecida, que de algún modo amortiguo el impacto. La moto rebotó contra el pavimento, y golpeó de lleno al gran danés de los bichos. La explosión me dejó sordo. Todo lo que podía hacer era quedarme tirado como estaba.
Pasaron unos minutos, en los que simplemente miraba la porción de tierra y cielo oscuro que había quedado a la vista, con mi cabeza contra el suelo.
Finalmente me levanté, y la vi a Maca sentada con las piernas cruzadas, limpiándose con una mano un rasguño profundo que tenía en el otro brazo. Evidentemente, no se daba cuenta que tenía toda la cara cubierta por sangre seca. Debía haber pasado más tiempo tirado del que yo creía. Todavía escuchaba un zumbido dentro de mis oídos.
Vi los restos de los bichos esparcidos alrededor nuestro. También vi la moto, que no solo había hecho estallar al bicho grandote, sino que nos había escudado de la metralla. Por un momento pensé que deberíamos enterrarla. Luego recordé a todas las personas que habíamos dejado atrás. Me dije a mi mismo que aún debía estar atontado por el golpe.
Me senté en el suelo, a unos metros de Maca. Ahora estábamos en medio de la ruta, lejos de cualquier pueblo, y sin ningún vehículo. Y todo lo que podía pensar, era cuánto faltaría para el siguiente ataque.

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