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Narrativa

Cuentos, relatos y delirios varios. La producción de esta fábrica artesanal de textos en que quiero convertirme.

Carrera

Descubrimientos, consejos y opiniones que me van surgiendo en estos primeros pasos como escritor.

Reflexión

Divagues, análisis y pensamientos, sobre la vida, el amor, el destino y todo aquello que se me cruza en el camino.

Fotografía

Una palabra puede decir más que mil imágenes, o eso opino yo. Pero a veces, una imagen puede hablar por si sola.


20 diciembre, 2012

Misión especial


Diblin se descolgó por la soga, asegurándose con sus pequeñas manos en una caída controlada. Frenó a escasos cinco centímetros del final de la cuerda, y saltó al suelo dando una vuelta en el aire. Una sutil lluvia de color rojo cubrió el suelo que lo rodeaba. Desaparecería pronto: Diblin no se preocupó por eso.
Estaba parado en una cocina amplia, donde una mesada en forma de "ele" con muebles de madera oscura ocupaba dos de las paredes, interrumpida únicamente por un horno que había conocido tiempos mejores.
El Señor Rodríguez se encontraba allí, parado frente a las hornallas, esperando que se calentara un café espeso como el petróleo. Lo tomaba así todas las mañanas y según el mismo afirmaba, era lo único que le permitía soportar el resto del día.
Sabiendo que el tiempo era escaso, Diblin corrió a toda velocidad en dirección a la mesada, pasando tras la espalda del Señor Rodríguez. Las piernas de Diblin eran cortas, pero estaban entrenadas para ese tipo de exigencias. Recorrió el trayecto de forma veloz, las puntas de su chaqueta verde ondeando detrás de él.
El señor Rodríguez agitó el jarro que se hallaba sobre el fuego, pensando en los informes atrasados que debía preparar ese día. Probablemente debería quedarse hasta tarde una vez más.
Mientras tanto, Diblin alcanzo el mueble bajo mesada. Se impulsó con la punta de sus zapatos de cuero, y de un salto alcanzó el primer cajón. Una nube dorada cayó sobre su sombra. Dio otro salto contra el borde del mueble y llegó al segundo cajón. Otra vez más, y alcanzó el tercero. Verde y plata se mezclaron con el dorado. Un paso más, y pisó el mármol de la mesada. 
Se ajustó su sombrero y en el mismo movimiento, sin perder impulso, se lanzó hacia atrás.
El señor Rodríguez olvidó por un momento las llamadas de reclamos que debía realizar, y parpadeó varías veces, sintiendo que tenía algo en el ojo, algo que molestaba su vista.
Surcando el aire, dando un giro sobre su propio cuerpo, de una forma digna de una bailarina de ballet, Diblin voló sin ser percibido frente a la cara del señor Rodríguez.
Ese era el momento más difícil, el punto crucial. Su velocidad se perdía, comenzaba a descender, y tan sólo existía un instante preciso en el cual entraba en juega el destino de su tarea. Con un chasquido de los dedos, justo cuando sus manos estaban bajo la nariz del señor Rodríguez, Diblin dejó caer una lluvia de colores.
Su precisión fue absoluta: sobre el jarro de café cayeron el rojo, dorado, verde y plata. Se mezclaron los colores con el líquido negro, al tiempo que Diblin se aferraba al repasador que colgaba apoyado a medias sobre la mesada. Se fundían con la bebida, mientras Diblin caía grácilmente sobre el piso de la cocina, el descenso ralentizado con la ayuda del repasador.
El señor Rodríguez, ligeramente confundido, vio la tela caer al suelo, y se agachó a recogerla. Diblin sintió la mano del hombre pasar a escasos centímetros de su sombrero, y por un momento temió ser descubierto. Pero el señor Rodríguez tan sólo levantó el repasador, que utilizó para tomar el jarro del fuego.
Diblin sacó su reloj del bolsillo y lo miró: habían pasado unos pocos segundos. Aún debía trepar por la soga, salir por donde había entrado y llegar a la siguiente casa.
El señor Rodríguez maldecía internamente a su jefe, mientras se servía el café sin sospechar nada de su contenido. Le puso azúcar: Una cucharada, y Diblin llegaba a la soga; dos cucharadas, y Diblin trepaba; tres cucharadas, y Diblin alcanzaba la ventana; la cuchara revolviendo, y Diblin saltaba fuera.
El café se veía como cualquier otro, y olía como cualquier otro café. Pensando en cuanto merecía un ascenso, el señor Rodríguez bebió un trago.
Sintió el gusto del café en su boca, pero su olfato lo mezcló con el olor a las galletas de vainilla que le preparaba su abuela. Tragó el café, su mente dispersándose lentamente. Bebió otro trago, y en sus oídos resonó la risa de su tío, ese que vivía lejos y siempre le contaba historias. Un último trago, y sintió en sus pies la mezcla de mar y arena sobre la que caminaba todas las vacaciones cuando viajaban con su padre.
Apoyó la taza contra la mesada, y en su cabeza ya no quedaban rastros de lo que pensara sobre el trabajo y la oficina.
Por primera vez en días, el señor Rodríguez sonrió. Sin perder esa sonrisa, agarró sus cosas y salió por la puerta, silbando una vieja canción sobre campanas y nieve.
Una vez más ese día, Diblin sonrió. Llegaba con tiempo a la siguiente casa, preparado para su siguiente objetivo. Y ya sentía como el espíritu de esas fechas tan particulares comenzaba a crecer a su alrededor.


[Conteo de "pero"s en texto original: 3.]

3 comentarios:

Myrna dijo...

No se como lo lográs, pero tus historias poseen exactamente el desenlace que necesitan... como siempre, piel de gallina..

Un Cowboy Actual dijo...

Muchas gracias por ese comentario!
Y espero probocar muchas más pieles de gallina :)

Anónimo dijo...

Es magia! TU magia! Logras encender la mirada del lector mientras recorre tus palabras! Conseguis que la imaginacion se translade junto al personaje y recorra ese mundo! Que placer...Daniela